Presentación

¡Bienvenido!

En este blog iré presentando distintos temas, tanto históricos como más actuales, relacionados con este olvidado rincón del Noroeste.

Ahora mismo, el objeto principal de mi interés es el estudio de los antiguos lugares sagrados y sus pervivencias en nuestro patrimonio cultural y arqueológico. Este blog es la continuación del estudio etnoarqueoastronómico con marco geográfico en el valle alto de los ríos Duerna y Turienzo en la comarca leonesa de Maragatería cuyos resultados publiqué en el libro Teleno, Señor del Laberinto, del Rayo y de la Muerte. En este libro se sientan las bases sobre el origen y pervivencias de un calendario prehistórico basado en equinoccios, solsticios y fiestas de media estación, los fundamentos de la práctica astronómica antigua y el uso de los lugares de culto prehistóricos como calendario en el paisaje.

A la derecha puedes encontrar varias páginas con un índice temático que relaciona las distintas entradas publicadas clasificadas por temas, un índice geográfico que visualiza en un mapa los lugares estudiados, una página con enlaces a aplicaciones o utilidades de interés y una biblioteca con libros y artículos digitalizados sobre temas tales como Arqueología, Astronomía, Arqueoastronomía, Historia de las Religiones, Tradición Popular, Historia, etc.

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lunes, 24 de noviembre de 2014

La pila prehistórica del pantano de Bárcena y la estela votiva de San Andrés de Montejos



Francisco González González (1922-2009) fue un importante estudioso de la Historia y cultura del Bierzo, aunque también atraído por la ingeniería, la pintura y la poesía. Nació en Villaseca de Laciana pero estrechas relaciones familiares y personales con la localidad berciana de Toreno, a la que dedica una de sus obras más importantes, el Habla de Toreno, felizmente reeditada en 2013 gracias al afecto y tesón de sus amigos, entre los que se encuentra mi admirado y apreciado Paco Vuelta.

En este libro, Francisco González os relata una experiencia suya, que tuvo como resultado la puesta en valor de de un importante testimonio arqueológico, la estela votiva de San Andrés de Montejos, aunque se destino final pueda ser cuestionable (a mí, al menos, me lo parece). Dice así:

«Tengo yo aquí lugar para un modesto protagonismo personal inédito, que, pasados ya 44 años de los hechos, quiero desvelar. En el verano de 1964, recordando que Gómez Moreno había mencionado esta estela votiva, vista por él en 1906, pasé por la iglesia de San Andrés de Montejos, camino de Toreno, donde a la sazón me encontraba transcribiendo y estudiando unos legajos del archivo notarial de Ponferrada. Después de buscar por todas partes, me fui a la sacristía, apartando muebles viejos y maderos, tirados sobre el piso de tierra de la pequeña estancia. De pronto vi sobresalir 10 cm. de la esquina de una piedra de granito blanco, y empecé a cavar con las manos a su alrededor. Viendo que la pieza estaba bien escuadrada y seguía hundida más abajo, con palos por pico, logré desenterrarla toda. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que se trataba de la estela que aquí estamos estudiando, con su cepa en bruto, abandonada allí desde que, a comienzos del siglo, la había descubierto en su tierra de Santa Elena, en la ladera oriental del castro de Montejos, el vecino Vicente Gutiérrez, quien se la entregó, supuestamente en depósito, al párroco de entonces, quien la dejó en la sacristía.
«Creyéndola abandonada y en préstamo, comuniqué el hallazgo a Ignacio Fidalgo y a otro amigo, Gustavo, y los tres juntos, todos del Instituto de Estudios Bercianos, nos propusimos recuperarla para la entidad. Tomamos un taxi y, a las tres de la tarde de un día de aquel caluroso verano, fuimos a San Andrés, pedimos la llave de la iglesia y, obviando razones, entramos en la sacristía, tomamos la piedra que yo había dejado en un banco para fotografiarla, y la sacamos oculta en un saco. Habíamos hablado previamente con el Presidente a la sazón, Ernesto Díaz Villamor, quien nos había dado el beneplácito para esta acción que no considerábamos delictiva. Pero la cosa no fue así y, a los pocos días, el Instituto de Estudios Bercianos recibió una carta del obispo de Astorga, don Marcelo, reclamándola. Como nosotros habíamos logrado previamente un papel de donación gratuita al I.E.B. por el hijo del descubridor, a quien creíamos legítimo dueño, dimos la callada por respuesta. Pero llegó otra segunda carta episcopal, esta vez coercitiva y amenazadora, instando a su devolución inmediata, so pena de acudir a las autoridades. Y ahí terminó todo. La estela fue entregada, y hoy se expone como una joya de excepción en el Museo Arqueológico Diocesano. El gozo de mi hallazgo y aventura había quedado en agua de borrajas, y yo apenado, a la vez que satisfecho por su redescubrimiento, pues al menos había dejado de estar perdida y hoy puede ser admirada. Y, como la Historia es Historia y debe ser conocida en toda su verdad, hoy la escribo aquí para que se conozca, íntegra y veraz»(1).

La descripción de Gómez Moreno a la que Francisco González hace referencia es la que sigue:

«Así, dos [castros] que, en medio de la comarca, dominan el SIl por el punto de su confluencia con el Boeza, a vista de Ponferrada, hacia norte y uno tras otro, que, recibiendo nombre de los pueblecillos más inmediatos, les llaman castros de Columbrianos y de San Andrés de Montejos. Son dos cerros separados por angosto valle, con el Sil, a enorme profundidad, lamiendo sus rocosas faldas hacia oriente, y de acceso fácil, aunque fatigoso por la mucha altura, que excede a la ordinaria en este género de fortificaciones. Sus defensas consisten en un parapeto, foso, gran muro, segundo foso y otro muro más elevado y en terraplén., ciñendo todo ello la casi llana meseta de ambos castros; pero de los muros no quedan sino montones alineados de tierra y piedras, al hundirse o ser destruidos para inutilizar su resguardo. [...] Respecto del de Montejos, descubrénse en su falda oriental sepulturas, y entre ellas se sacó una estela votiva, que guarda en su iglesia el párroco de San Andrés.
«Es de granito, con una gran cepa sin labrar, para hincarse en tierra, y la parte escuadrada mide 47 centímetros de alto, 20 de ancho y 8 de grueso, rematando en algo como frontispicio y platillo para quemar incienso. Contine además un [arco] grabado en su frente, y debajo letras grandes y rudas, que son estas:
IOVI
>QVE
LEDI
NI
«Su lectura es del todo cierta, cabiendo sólo discusión respecto del valor de la sigla >; pero me decido a atribuirle la significación usual de centuria, aunque no se trate aquí en modo algundo de cuerpo militar, sino de agrupaciones indígenas, por el estilo de las consignadas en la inscripción famosa de Alcotea del Río (CIL II, número 1064). Así, pues, resulta ser dedicación a Júpiter por la centuria o agrupación rural de los Queledinos, nombre desconocido, pero de aspecto cáltico y muy semejante al de Celedonio, uno de los hijos del centurión leonés Marcelo, y también mártir»(2).

El símbolo > corresponde a la conocida C invertida que en epigrafía denota un “castellum”, una forma de identificación personal o grupal particular del Noroeste de la Península Ibérica, galaicos y ástures occidentales sobre la que ahora no vamos a extendernos.

Francisco González González también escribió un artículo que publicó en el nº 433 de 23 de agosto de 1980 de la revista Aquiana, y que lleva por título: Pila prehistórica en la presa de Bárcena.

«En la margen derecha del Sil, sobre la misma presa del pantano de Bárcena, hay un elevado y puntiagudo peñasco atravesado por el túnel vial que corona el muro. A cualquier observador atento a lo extraño, le llamará enseguida la atención su destacada forma piramidal truncada y su estratégica sutuación junto al río, cosas ambas oportunas para suponer en él un altar de invocaciones o una cúspide inmolatoria. Llevado de la curiosidad y acicateado por la búsqueda, subí a ella en dos ocasiones durante la pasada década de los años 1970. Allí, ahuecando la roca de granito, sobre una plataforma casi rectangular de 1,65 x 2,10 metros, hallé restos de una pila, también rectangular, de 0,57 x 1,35 x 0,12 metros. Sus lados mayores están ligeramente inclinados, desaparecidos en su mitad sur, donde el lado menor ha desaparecido también, acaso erosionado por los vientos. El lado norte parece cóncavo, de suave pendiente, como labrado voluntariamente en una conformación de artesa. No hallé restos de canales, ni agujeros, ni inscripciones; pero la identificación con las abundantes pilas coetáneas existentes en Galicia, excluye toda duda de que se trata de una pieza arqueológica de interés».





A continuación enumera algunas de estas pilas gallegas: Fonte do Lagarto en el castro de Cameixa, Pena do Altar en la ría de Foz, Pedra del coto de la Recadeira, Pedra movible en Pereiro (Alfoz de Castro), Pedra del coto de Amoreira en Barbanza (Coruña) o Pena del monte dos Castelos en Entrimo (Orense), y finaliza:

«Asegura Cuevillas, en una conclusión que comparto, que "puede señalarse de de una manera indubitable la relación entre estas pilas y el castro junto al cual suelen aparecer. Por lo que la pila de Bárcena ha de vincular su existencia a los catros de Columbrianos y de San Andrés de Montejos, de vecindad próxima.
«Por lo tanto y en conclusión, es casi seguro que estamos ante un monumento céltico de dependencia castreña, ante el receptáculo de una gigantesca ara natural, que los indígenas lapiteas utilizarías para la invocación, el ofrecimiento, el voto, el sacrificio o el augurio».

Los castros de Columbrianos (izqierda) y San Andrés de Montejos (derecha) desde la pila
La verdad es que no tengo la convicción de que estemos ante una pila labrada por el hombre con algún fin cultual: como bien explicaba Francisco González no hay evidencia de cazoletas, canalillos o algún otro grabado, pero su disposición y forma sugiere intensamente labor humana. Además, existe otra circunstancia que apoyaría esta posibilidad. Además de una parcialmente oculta Aquiana, dos montes destacan especialmente en el pasaje: los cerros de Columbrianos y San Andrés de Montejos y es precisamente sobre la cima de este último, donde desde aquí podemos asistir a la puesta del Sol en el solsticio de verano. El hecho de que en la fiesta asociada a esta fecha se considere popularmente que el agua adquiere propiedades curativas, podría aportar más luz sobre la posible función de esta pila. Este alineamiento solsticial sobre el castro de San Andrés de Montejos también podría explicar el hallazgo de la estela votiva dedicada a Júpiter, que atendiendo a lo visto en el artículo que dedicamos a los santuarios rupestres de Vilar de Perdizes en relación con el dios-monte Larouco(3), podría ser una interpretación romana de la versión indígena astur del dios del verano.

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(1) GONZÁLEZ GONZÁLEZ, FRANCISCO, El habla de Toreno. 2ª edición, revisada y ampliada, 2013, nota 15, pp. 41-42

(2) GÓMEZ MORENO, M., Catálogo monumental de España. Provincia de León (1906-1908), Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, 1925, pp. 3-4

(3) GONZÁLEZ GONZÁLEZ, M. A., Larouco, el dios del verano: santuarios rupestres en Vilar de Perdizes, Asturiensis Prouincia Indigena, 2012, http://asturiense.blogspot.com.es/2012/05/larouco-el-dios-del-verano-santuarios.html

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